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Encuentro de dos Culturas

 

CONFERENCIA: RESURRECCION SIMBOLICA DEL INDIGENISMO (DE NETZAHUALCOYOTL A MARCOS)
Lic. Fernando Buen Abad Domínguez – México



¡Qué nos está pasando con los símbolos hoy en día!, ¡qué es esto de la resurrección simbólica!; especialmente la que nos ofrece, hoy por hoy, el espíritu indígena y lo que significa para el continente americano.

Desde siempre en México aprendimos a celebrar el día 12 de Octubre como el día de la raza; por lo menos en el calendario oficial en las escuelas primarias, secundarias y preparatorias de mi país aparece como un día de asueto, y por eso, esperaba con gran alegría el 12 de Octubre. Entonces hacíamos del 12 de Octubre un tipo de fiesta, a la que nosotros, sentíamos como principal atractivo el no ir a clase, inclusive para algunos profesores. Pero debajo del festejo, de ésta cosa agradable y de esta complacencia con la holgazanería estaba ciertamente una complicidad involuntaria e inconsciente con algo que no fue desmontado, analizado y propuesto con profundidad; era la fiesta casi de la inconsciencia o la fiesta de la desmemoria o quizá, la fiesta de la confusión.

A pesar de los pesares, esta fiesta tuvo y tiene, hasta la fecha, sus muchos conservadores. A pesar de los pesares, esta fiesta se celebraba y se celebra en México, en la cuna misma de la gran Tenoxtitlan, donde fue destruido el imperio Azteca y donde corrió la sangre y la muerte de la manera más despiadada y genocida a manos de los ejércitos imperiales españoles de aquella época; justo ahí, donde trabajó la usura al apoderarse de las riquezas de otros, “de los indígenas”; ahí donde existió el trasplante de ideologías y de formas de pensar.

Así pasamos años de indiferencia, ignorancia y de indolencia ante lo que para nosotros era invisible durante mucho tiempo. Al mismo tiempo que nosotros celebrábamos, en algún centro vacacional o en algún restaurante cenando, el festejo del 12 de Octubre, a esa misma hora en otros lugares del país, había una fiesta de otro tipo, que no era la fiesta nuestra, la de los occidentales, la de nosotros hijos de españoles y mexicanos; los hijos de la clase media acomodada, que tenía y tiene una idea de progreso, de nación y de patria; sino, que esa otra fiesta, “la otra fiesta”, la invisible, la de la resistencia, que viene celebrándose desde hace quinientos años.

Esta fiesta de la resistencia, que para nosotros pasó inadvertida durante mucho tiempo, fue objeto de un descubrimiento paulatino; por lo pronto, para mi generación, y me parece que para muchas generaciones de América Latina, este proceso, lento, doloroso y en muchos casos vergonzoso, que implica, hacer consciencia de que uno festeja, a veces gracias a la indiferencia y a la ignorancia, mientras por otro lado se festeja, un recuerdo, una actualización del pasado, una actualización del presente y una certeza de futuro. Este concepto de resistencia es de los pueblos indígenas, y de todos los latinoamericanos. Esta resistencia tiene muchas expresiones, que van por supuesto desde las expresiones más sutiles y más profundas de una religiosidad honda, de un lenguaje de lo sagrado, que por lo menos permite compartir el asombro. Yo no entiendo el concepto religión sino es justamente como una especie de fiesta para compartir asombros; me parece que ése es el sentido de estos ritos y de estas expresiones de los pueblos indígenas latinoamericanos que desde las más profundas sutilezas, consiguen mantener viva la capacidad de asombro.

Ahora voy a explicar un poco a lo que me refiero con esto. Es una fiesta de la resistencia del asombro, la resistencia de una fiesta interior, íntima y profunda que tiene la capacidad de seguir asombrándose ante la potencia de las fuerzas vivas, de las fuerzas de la Naturaleza y particularmente, de la fuerza de la Tierra.

Decía que hay expresiones en el continente, que van desde las más sutiles, las más íntimas, las más profundas, las más poderosas de las emociones, (las del asombro) ante la fertilidad de la Tierra. Hay otras en cambio, que me parecen expresiones muy violentas como las guerras, las guerrillas y las luchas armadas, que hoy por hoy, algunos pueblos indígenas, obligados por la persecución han tenido que encarar; me refiero en todo caso, por ejemplo, a la lucha armada de los indígenas del Sur de México, del E.Z.L.N. Y particularmente del Comité indígena Campesino. Ellos desde 1994 hasta la fecha hacen una guerra de esperanza, guerra de emoción, de certeza, de futuro y también de rabia, de hartazgo, de decir: “YA BASTA”, ¿no?.

De este espectro, de ese espectro digamos profundo, que nos viene de la Mesoamérica anterior a la conquista, la misma que tenía su proyecto de desarrollo histórico cultural, simbólico bien propio, de esa Mesoamérica que se hizo a sí misma, sobre la base de su conocimiento, de sus construcciones, de su evolución, todo propio; de esa América profunda, que tiene ese sentir profundo indígena, uno recoge, a la vuelta de los años, las experiencias más poderosas de ese espíritu. Yo creo que las expresiones más poderosas de ese espíritu son concretamente las expresiones simbólicas, que están dadas a partir de dos premisas. Primero, no hay producción simbólica más importante en ninguna cultura que la que viene de la relación del individuo con la fertilidad, el hombre con la Tierra como el lugar específico donde la fertilidad se actualiza permanentemente y por ciclos; este contemplar permanentemente la magia y la maravilla de la Tierra, rodeándose por la vía de la fecundidad; este mirar el contexto del Universo repitiendo permanentemente su maravilla, y hasta sentirse azorados; esta capacidad emocional de decir, de conocer lo maravilloso, ahí donde ocurre; este hecho de lo maravilloso que es un Sol que aparece y calienta, un Sol que es dador de vida; una Luna que es complemento y dadora de vida, que tiene ciclos permanentes, armonizados con el proceso de la fertilidad; que va a dar el alimento al organismo, se lo devuelve a la Tierra; que va y vuelve y trae sus propios ciclos y círculos de vida; este hecho majestuoso y maravilloso, que, propone permanentemente conmociones emocionales profundas son posibles si hay capacidad de asombro. Estoy convencido de que los pueblos originarios de América, si algo tuvieron fue un ejercicio permanente, sistemático, profundo, convencido y convincente de respetar su asombro, de respetar esa capacidad de asombrarse ante la magnificencia del río, ante la magnificencia de las plantas, de las flores, de los animales, de ese entorno de la Naturaleza con el cual día a día se da el debate y la lucha para la sobrevivencia de la propia especie; entendiéndose que esta lucha y esta búsqueda, produce formas de hacer consciencia, de relacionarse permanentemente con la Naturaleza; esto se llama, producción simbólica y se expresa a través de un conjunto de soluciones en síntesis, algunas gráficas, otras dancísticas, algunas majestuales, de todo tipo; algunos pueblos mesoamericanos, básicamente los Toltecas, desarrollaron una gran cultura de la danza y del teatro para representar cíclica y permanentemente los procesos, justamente de la fertilidad. Estas danzas que implican bailar a la Tierra, mirándola, otorgándose a ella, muriendo físicamente en la Tierra y renaciendo en ella, estas danzas están plagadas de movimientos, de gestos, de ruidos, de voces, todas ellas profundas y plenamente simbólicas, en las que a cada voz y cada movimiento, se actualiza la unidad con el Universo y el Cosmos.

El individuo, en su comunidad y su relación con la Tierra y el trabajo; esta relación de la acción humana haciendo el trabajo para construir la fertilidad, para luego dársela a su comunidad, es una condición del desarrollo social de todas las comunidades indígenas de Mesoamérica.

Evidentemente, la llegada de los españoles, con un proyecto de apropiación de las tierras, produjo un rompimiento central, en esta relación y en este plano simbólico. Esta ruptura con la propiedad de la Tierra; este arrancarle de sus manos la Tierra a los pueblos indígenas, que habían construido formas de propiedad colectiva convirtiendo la Tierra en propiedad privada, construyendo así hacendados y terratenientes, sometiendo a los dueños de la Tierra (que históricamente estaban ahí) en los nuevos esclavos, produjo, entre otras cosas, rupturas de orden simbólico muy agudas.

Tengo algo para leerles, que es muy breve, es un poema mexicano, escrito justamente a la caída de la gran Tenoxtitlan; ocurrió este episodio en un lugar que se llama Tatlelolco que es una plaza de México llamada Plaza de las Tres Culturas, en virtud que ahí justamente están tres edificios que representarían a las culturas prehispanicas, colonial y contemporánea; están puestas en un mismo escenario; un escenario trágico para México porque han ocurrido ahí muchas muertes, muchos genocidios, el más reciente es el de 1968, la gran matanza de estudiantes, que estaban en protesta, a manos de un ejército asesino; y no fue por supuesto, la primera vez. Vean Ustedes lo que dice este poema Azteca:

En los caminos yacen dardos rotos.
Los cabellos están esparcidos,
Destechadas están las casa,
Enrojecidos están los muros,
Gusanos pululan, por calles y plazas,
Y están las paredes manchadas de sesos,
Rojas están las aguas
Cual si las hubieran teñido,
Y las bebíamos y si las bebíamos
Eran agua de salitre.
Golpeábamos los muros de adobe
En nuestra ansiedad,
Y nos quedaba como herencia
Una red de agujeros.
En los escudos, estuvo nuestro resguardo,
Pero los escudos, no detienen la desolación
Hemos comido panes de colorin
Hemos masticado grama salitrosa,
Pedazo de adobe, lagartijas, ratones y tierra
Hecha polvo y aún los gusanos,
Llorad amigos míos, tened entendido que
con estos hechos, hemos perdido
La Nación Mexicana.
El agua se ha acedado
Se cedo la comida
Esto es lo que ha hecho el dador el dador de la vida, en Tatlelolco.

Este poema terrible, doloroso, conmovedor, escrito por los Aztecas de ese tiempo, se ensambla con una tradición poética importantísima, que, tenía como uno de sus máximos exponentes, al emperador Netzahualcoyotl, que tenía por virtud ser eso, poeta. La palabra poesía en las culturas Mesoamericanas y especialmente en la gran Tenoxtitlan, es la misma palabra que se usa para las flores; los Aztecas hacían sus famosos juegos florales, que eran juegos de poesías, encuentros populares, en que cada cual, traía sus versos o sus textos, ofreciéndoselos a la comunidad; así se iban enganchando unos con otros, haciendo poemas improvisados a partir del tema que se trataba; iban así tejiendo tardes de poesía que eran una tradición permanente, donde por supuesto uno podía recoger un gran caldo de cultivo poético; ahí estaba toda esa producción simbólica, que era permanente en estas culturas Mesoamericanas, particularmente la Azteca.

Hay una resistencia permanente de las culturas indígenas a claudicar con sus símbolos; además hay una permanente actividad de insurgencia, es decir, de nacer, de surgir, de resurgir permanentemente. La idea de llamar a esto resurrección simbólica de lo indígena desde Netzahualcoyotl hasta Marcos, tiene que ver con este puente que es el puente de la historia de los tiempos, que nos deja de alguna manera hoy, la posibilidad de decir que el pasado está en el hoy; todo lo que en alguna época fue, guerra de colonia, de conquista, de aniquilación y de muerte para los indígenas de América, hoy es exactamente igual, a pesar de que tenga bases tecnológicas y mediáticas etc.

Por primera vez tenemos una amenaza de exterminio, de gravedad y de violencia como nunca, que tiene como eje, el mismo eje de la colonización, es decir la intolerancia, el sometimiento; pero alegrémosnos; justamente de los pueblos indígenas mesoamericanos, de ellos y desde ellos, tenemos voces, de mucha esperanza y de mucha fuerza; yo creo que, lo que nos pasó en México a partir de 1994, el hecho de que un grupo indígena haya tomado las armas y haya salido a decir “YA BASTA”, el hecho de que esa gente haya venido a decir “nosotros tenemos una relación con la Tierra y queremos esa relación para hacer con ella nuestra relación”, el hecho de que, esos indígenas cuando hablan de la Tierra, no solamente hablan de una Tierra mística, la entienden como mística porque la entienden como propia y como recuperable; la entienden como mística y como potencia de su propia base de religión y de sentimiento sagrado, porque esto es posible, es esperanza, y porque ella vive, está ahí, aunque esté en manos de ocho terratenientes en Chiapas; esta relación de producción simbólica de los indígenas de Chiapas, no está muerta, está ahí, está presente, sigue hablando, reuniéndose todos los días, sigue produciendo pensamientos, esperanza y futuro; eso es lo que a México le produjo una gran sacudida, como también al NAFTA, el tratado de libre comercio de México con EE.UU. que hacía que el 1ero. De Enero de 1994 México ya se podía convertir en un país del primer mundo y del capitalismo por un decreto presidencial.

Eso como decreto, anulaba y condenaba a muerte a una parte importante de los grandes grupos indígenas de México y éstos justamente se levantaron en armas ese día, el día que se firmaba el tratado de libre comercio formalmente, para decirle al mundo entero, no estamos muertos, estamos n resistencia, una resistencia difícil, que lleva muchos años, muchas vidas y mucha energía, pero están vivos, están en pié de lucha y siguen hoy, lo cual para mi es altamente esperanzador.

La gente empezó a pensar que esa Tierra es suya, que ellos son de esa Tierra, que ambos se pertenecen en el tiempo y en el espacio; que desde siempre tienen en la danza, en la pintura, en los códices, en los versos, en los ritos, una actualización de la certeza que hay un futuro, que hay esperanza.

Esta me parece la lección más importante. Cómo se actualiza el pasado en el presente, como todo lo de ayer se hace hoy; se puede probar con algunos textos que quisiera decirles, brevemente, esta manera de hablar de los indígenas de Chiapas. En voz de un traductor suyo, que es el Subcomandante Marcos, escuchen ustedes este párrafo:

Donde la Luna ensaya una danza, que mucho tiene de cópula y alegría, de nuevo plena, la Luna, trata de asomar su coquetería por detrás del ala vieja de las montañas de Oriente, con cuidado se arremanga la larga y redonda falda, adelanta un piecesito y sube por detrás de la montaña, como una escalera, cuando llega a la punta extiende la blanca enagua y gira sobre sí misma, su propia luz rebota en el reflejo de la montaña, y le regala colores, lilas y azulados, girando siempre, un viento le acaricia el rostro y la levanta bien arriba, de ojos ciegos e inútiles, en vano le busca el viento mirándole el vientre que la lluvia ha humedecido, tampoco lo mira la Luna del viento, pero no es ciega; todo su mirar está ocupado en sí misma, en el reflejo que un charquito de lluvia le regala desde la realidad de abajo, por fin la Luna le cede, le cede la mano y cintura al viento, ahora giran juntos, pasan la noche juntos, bailando húmedos y alegres, pero se va la pista nocturna y la Luna se fatiga, después de unas horas, hasta pasarla en la montaña de Occidente la lleva el viento de la cintura siempre, ciego siempre, el viento intenta un beso de despedida en la mejilla de la Luna, pero se esquiva; pero son los labios los que roza ¿se equivoca?, la Luna lo perdona, pero debe apurarse antes de dejarse resbalar por Occidente, la Luna mira dos figuras, la una pequeña y redondeada, la otra larga y desgarbada, no sabe la Luna si las figuras van o vienen, pero sobe que caminan, es por eso que le regalan el roce que antes de esconderse hace que por un instante se piense que los dos personajes van hacia arriba, hacia la Luna.

Eso es un fragmento de un texto que leyó el Subcomandante Marcos, publicado en éste trabajo de “Cuentos para una soledad desvelada”; allí hay un tejido íntimo de la poesía, que Marcos hace como comunicador, donde toma toda la simbología de los pueblos, particularmente Mayas; habla de la Luna yendo y uniendo, subiendo las montañas y bajando; es una forma poética de explicar estos ciclos permanentes, estos ciclos fantásticos, estos ciclos conmovedores, que siguen asombrando a todos; son culturas sagradas y por eso, me parece que no han perdido la capacidad de asombro.

 

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