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AZTECAS: LAS PLANTAS MAGICAS Y EL SUPERHOMBRE




El Tlatoani, o emperador de los aztecas, era un hombre que desarrollaba la capacidad de hablar con los dioses y expresar los pensamientos de éstos. Era también capaz de realizar esfuerzos casi sobrehumanos sin manifestar fatiga, y percibir el futuro. Es posible que todas estas aparentes proezas fueran el resultado de una juiciosa administración de Plantas mágicas por parte de los sacerdotes con profundos conocimientos de medicina herbolaria.

Los gobernantes aztecas, coinciden los historiadores, realizaban una gama de actividades tan amplia y diversa que debían poseer facultades, fuerzas y capacidad de resistencia realmente sobrehumanos.

El tlatoani tenía funciones administrativas, como, por ejemplo el ordenamiento y la provisión de los mercados públicos, tarea complicadísima si se tiene en cuenta la cantidad de productos que se vendían; la organización de la vigilancia en las ciudades y la supervisión de aquel curioso sistema de movimiento de recursos que puede considerarse como el equivalente azteca de la economía.

En lo religioso, su jornada era también activa y sus decisiones trascendentes, ya que debía servir como guía para las peregrinaciones organizadas por las distintas comunidades, frecuentemente muy largas; incluso, los cantos que se entonaban durante los festejos religiosos eran elegidos personalmente por él, y hasta el modo de su ejecución era también tema de su responsabilidad.

La actividad política, tal como se conoce en nuestros días, no era muy importante en la sociedad azteca, ya que la verticalidad en materia de autoridad era absoluta; pero el tlatoani ejercía funciones políticas que podían alcanzar suma importancia, a la vez que necesitar auténticas proezas de delicadeza y equilibrio. En otro orden de cosas, tenía a su cargo elegir los sitios en que se iban a establecer las nuevas ciudades, decisión que implicaba ponderados estudios y larga meditación. También era el encargado de mantener cierto grado de concordia entre las diferentes comunidades que integraban su imperio, y si bien esto no resultaba demasiado difícil en lo que se refiere a la sumisión de las comunidades al poder central, las relaciones de los distintos grupos étnicos entre sí sabían ser conflictivas y la tarea conciliadora no era fácil ni tranquila.

Y finalmente, estaban las obligaciones militares del monarca que abarcaban desde la conducción personal de las campañas hasta controlar el entrenamiento permanente, ya que eran pocos los días en que el imperio azteca no encaraba guerras, expediciones punitivas u otro tipo de operaciones militares.

Todo ello recaía sobre un solo hombre, quien además revestía ciertas características divinas, de modo que no podía equivocarse.

Este último punto revista especial interés. Por una parte, la suposición de infalibilidad es un apoyo para el gobernante autoritario, ya que limita las posibilidades de disenso dentro del gobierno. Pero, a la vez también exige del monarca que evite por todos los medios caer en equivocaciones burdas, como suelen ser las que se originan en la fatiga y el estrés.

Se podría suponer que las tareas del gobierno en época de los aztecas (siglos XIII al XVI) eran más sencillas que las que se enfrentan los gobernantes actuales; pero si imaginamos no solo la complejidad y variedad de tareas, sino el esfuerzo físico invertido (marchar con los ejércitos, por ejemplo), vemos que era mucho mayor. Las posibilidades de fatiga, tanto física como mental, evidentemente eran grandes.

Cómo hacían los emperadores aztecas para hacer todo esto, con la habilidad necesaria y sin debilidades que cayeran en  contradicción con el carácter divino que se les atribuía?

En primer término, conviene detenerse un poco en cuál era, precisamente, la naturaleza divina de los gobernantes aztecas. No eran dioses, ciertamente, porque eran elegidos entre los nobles del Imperio, quienes no se caracterizaban precisamente por carecer de aspectos mundanos.

La adjudicación del carácter divino es un proceso que comienza a partir del momento en que es designado el nuevo tlatoani. El primer estadio era la asimilación por el nuevo gobernante de la sabiduría de sus antepasados; esto era logrado a través de un proceso de aprendizaje impartido por los consejeros del monarca.

Pero esto no basta, por sí solo, para suponer la adquisición de una condición divina en un tiempo tan breve. Hemos de tener en cuenta que los aztecas creían que las palabras de su rey eran pronunciamientos directos de los dioses, que residían en el cuerpo del soberano y se pronunciaban sobre todos los asuntos de estado.

Era tal el respeto por el rey-dios, que los súbditos no se atrevían a mirar directamente la cara augusta, por temor de que la mirada del soberano aniquilara a quien posara su vista en él.

Fray Bernardino de Sahagún, en su monumental obra Historia General de las cosas de la Nueva España, intenta diversas explicaciones de esta naturaleza dual de los emperadores aztecas al reproducir aproximadamente una de las fórmulas apologéticas que los dignatarios aztecas dirigían a su rey. Dice: “.....tenéis la persona y la imagen, y conversación y familiaridad de nuestro señor dios, el cual dentro de vos habla y os enseña, y por vuestra boca habla, y vuestra boca es suya vuestra lengua es su lengua, y vuestra cara es su cara y vuestras orejas son sus orejas”.

Este texto indica con bastante claridad que no se suponía que el rey se convirtiera en dios, sino que es habitado por un dios, a partir del momento en que es ungido para conducir los destinos de la nación azteca.



Cómo se produce esta posesión divina?

Una pequeña ilustración, contenida en el Códice Magliabecchi ofrece indicios al respecto: se trata de una figura humana sentada, en el momento de introducirse en la boca un pequeño objeto sobre el cual está posada una curiosa figura con alas, que tiene ciertas características que la hacen semejante al diablo de la cultura cristiana.

La interpretación de esta figura sugiere que el protagonista se introduce en la boca un hongo, de los muchos que conocían las civilizaciones náhoas (antecesoras de la azteca), y la figura alada es un dios, que representa la actividad del hongo, de sus características y de su acción sobre el ser humano.

La semejanza con la imagen diabólica es explicable. Recordemos que los códices que se refieren a la América Prehispánica – de entre los cuales se conoce el Códice Badiano – datan de los primeros años posteriores a la llegada de los españoles (1519), fecha en la cual se había iniciado la cristianización de los indígenas, pero que la tarea de los misioneros se hallaba muy poco avanzada todavía.

Es posible suponer que la figura del diablo, que se reproducía con frecuencia, llamara la atención de las culturas locales, y fuera empleada para representar a algunos de los dioses indígenas. También puede pensarse y con mucha lógica, que el anónimo ilustrador de los códices, hombre devoto o supersticioso, considerara demoníacas a todas las deidades aztecas por lo que las representaría de esa manera.

Lo cierto es que el mensaje central de la ilustración indica que, al comer el hongo, el protagonista se “come” también al dios, que mora en él por un tiempo y le comunica su sabiduría.

Conviene recordar que esta “posesión divina” es un concepto muy arraigado en la medicina antigua, no sólo en México sino de muchas otras culturas, y que gran parte de la terapéutica se ha basado en el manejo de este concepto. Se comprende así por qué, en tantas civilizaciones al demente se lo trataba casi con veneración, como a un individuo que estuviera, literalmente, hablando con los dioses. Las cualidades extraordinarias exhibidas por el monarca azteca pueden atribuirse entonces al consumo de substancias enteógenas?

Todo parece indicar que sí, por lo que es interesante investigar que tipo de substancias empleaban los sacerdotes para producir en el monarca los estados mentales que le permitían desempeñar adecuadamente sus innumerables actividades.

La magia del Teonanacati.

Algunos de los llamados “hongos divinos” de las antiguas civilizaciones mexicanas son bastante conocidos en la actualidad. Otros quedaron olvidados o son sólo conocidos por los médicos “naturales”, los chamanes y otros herederos de las costumbres del viejo imperio.

La ingesta de estos productos no se hallaba limitada al monarca de los aztecas, sino que era relativamente común entre  hechiceros y adivinos, que los tomaban al disponerse a cualquier acto de clarividencia o curación, con la suposición de que adquirían así los poderes del dios ingerido.

De todos estos productos vegetales, el más conocido en nuestros días es el peyote (Lophophora williamsil), cuyas propiedades son bien conocidas; pero también eran de empleo muy difundido el ololluhqui (Rivea corynbosa), y una serie de variedades de psylocibe y stropharia, que se caracterizan por ejercer profunda modificación de la percepción.

Podría hacerse una extensa enumeración de plantas conocidas por la cultura azteca, capaces de modificar la consciencia. La mayoría de ellas son de muy difícil recolección, pero ellas no agotan el curioso y variado repertorio de los hechiceros y los sacerdotes.

Los productos antes mencionados ejercen su acción después de ser ingeridos. Los preparados contra el cansancio, que seguramente debían tener una importancia igual o mayor para el desempeño de las funciones de estado, parecen haber sido – por lo menos en buena parte – substancias de uso externo: ungüentos, líquidos para masajes, etc.

Muchos de estos líquidos pueden parecernos nauseabundos, y hasta es posible abrigar serias dudas acerca de la real eficacia de algunos de sus componentes.

Uno de los principios sobre los que se basa la medicina de los aztecas es la adquisición de las características específicas de ciertos animales por la ingesta de algunos de sus órganos.

Este principio “hepático” dirigía de manera preponderante la adaptación física que los sacerdotes hacían de su rey-dios.

Así, para la preparación de muchos de estos ungüentos se empleaba sangre de diversos animales y polvo de piedras preciosas, junto con elementos vegetales. A veces se complementaba el ungüento agregando un masaje con el cerebro o la hiel de algún animal reconocido por su astucia o su fortaleza. La ciencia moderna duda, lógicamente, de que tales manipulaciones puedan tener alguna eficacia. Pero conviene recordar que, a diferencia de algunos criterios actuales, la medicina azteca procuraba la salud de sus pacientes de manera simultánea, por lo que la acción de los sacerdotes sobre el monarca debe de haber sido exhaustiva.

Por ejemplo, la dieta del rey era cuidadosamente controlada. Algunos de sus componentes eran incluidos por sus supuestos efectos mágicos, pero muchos otros respondían a conceptos higiénicos compartidos actualmente. Hubiese sido muy difícil que un rey azteca padeciera problemas de exceso de lípidos. Como ilustración de este tipo de austeridad gastronómica transcribimos un breve párrafo de un documento español del siglo XVII: “...El gobernante o cualquier otro que quiera confortar su cuerpo comerá carne de conejo blanco y de zorruela blanca, ya sea asada o hervida”.

En este sentido, llama la atención, y habla de manera elocuente del arte de los médicos aztecas, la relativa longevidad que alcanzaron muchos de sus monarcas. Moctezuma I vivió más de setenta años, y Moctezuma II tenía más de cincuenta, y seguramente hubiese vivido muchos años más, cuando su enfrentamiento con Cortés.

Otros monarcas, como Itzcóatl, Acamapichtli y varios más promediaron los setenta años, lo que prueba que el uso de enteógenos, aunque continuo, no afectaba a su salud, sino todo lo contrario. Si bien la virtud medicinal de todos los elementos intervinientes no ha sido probada, es innegable su función ceremonial y simbólica, por lo que es necesario pensar que cada fase de dicho tratamiento implique una contribución cierta a la salud del paciente.

Por ejemplo, una de las costumbres que a nuestra medicina podría parecer inútil y hasta peligrosa, es la de administrar polvo obtenido de la molienda de piedras preciosas. Pero esto, en el pensamiento náhoa tiene la intención evidente de agregar valor al paciente. Hay que recordar que se trata de un hombre común que, por decisión de sus pares, ha sido elevado al rango de dios. Para acentuar la vivencia de este rol – para introyectarlo, dirían los psicoanalistas actualmente – se apela a las “medicinas” hechas con los metales y las piedras más valiosas. En nivel simbólico semejante se encuentra la costumbre de perforar la nariz para introducir un adorno de oro o de esmeralda, tan común en algunas civilizaciones prehispánicas.

La aplicación de órganos de animales, hecho que tal vez carezca de efectos fisiológicos, tiene un valor de sugestión innegable. Los animales empleados dan una idea clara de las condiciones que se trataba de instilar en los monarcas: el puma, el jaguar rojo, el perro lobo y el gato montés. Entonces, el efecto fisiológico de la aplicación de tales órganos animales, probablemente no pase de la epidermis, pero el contenido simbólico de tales aplicaciones, unido a los vegetales de poderoso efecto farmacológico, lograba crear en el monarca una actitud realmente “divina”, según la particular cosmogonía de los aztecas.

La influencia del buen olor.

Son numerosas las plantas que provocan los efectos farmacológicos que vinimos describiendo. Hemos mencionado algunas de ellas, que incluso son conocidas y utilizadas en la actualidad; diremos algo de algunas de las características principales de estas hierbas.

En primer término, conviene señalar un hecho que resulta sugestivo: los aztecas asignaban especial importancia al olor de sus preparados medicinales. Era común que incluyeran “flores o hierbas que huelan bien”.

Ello se presta a diversas interpretaciones. La más sencilla es que las flores eran empleadas para disminuir el aroma, frecuentemente penetrante, de algunos de los ingredientes.

Pero tal vez no fuera eso sólo. Hay que recordar la enorme importancia que las civilizaciones antiguas mexicanas – y no solamente los aztecas – atribuían al aire, y sobre todo al concepto de “buen aire”. Para ellos, el mal aire puede enfermar, limitar, perjudicar la salud, de modo que hace falta un aroma agradable que contrarreste estas características nefastas. Que las curaciones y otras artes de los sacerdotes tuvieran lugar en un ambiente perfumado, y que se emplearan perfumes para lavar el cuerpo del monarca, resulta, pues, totalmente coherente.

Existe una tercera razón, que más intriga a los científicos actuales: podría existir alguna correlación entre le buen olor y las características psicodislépticas de algunas plantas.

Esta idea está muy lejos de haber sido verificada, pero hay algunos indicios que apoyan esta posibilidad. Hay varias plantas aromáticas que se distinguen pura y exclusivamente por esta sola cualidad, como, por ejemplo la  oyameti (abies religiosa) y el ayauhcuahuiti (Pinus ayacahuite) pero existen también varias especies que unen propiedades enteógenas con un olor agradable. Entre estas últimas merecen citarse el hueynacatzli (enterolobium cyclocarpum) y el izquixochitl (Bourreira huanita); también parece que el eloxóchiti (magnolia dealbata) tiene propiedades suavemente enteógenas y que la tlixóchiti (vainilla planifolia) tiene características levemente estimulantes y ansiolíticas.

Puede ser que la medicina azteca supiera de la combinación que todas estas plantas tenían de provocar efectos sobre la mente, y el olor pronunciado y agradable.

No se detienen aquí las coincidencias, la mecaxóchiti – un tipo de vaonilla – que también era empleada para preparar algunos compuestos medicinales, se distinguía también por su olor agradable.

En una interesantísima aproximación a la psiquiatría por parte de los médicos prehispánicos, se descubrió que la cacaloxóchiti – una hierba de poderosos efectos cuyo uso restringido a la clase gobernante – tenía una acción muy definida contra el sentimiento del temor.

El temor del Códice Badiano llamó micropsiquia al cuadro correspondiente al “miedo” informado por los médicos indígenas.

Psiquiatras actuales que han estudiado este manuscrito sostienen que probablemente se trate de un estado paranoide, caracterizado por delirios de persecución.

Elaboración del superhombre.

Lo antedicho se refiere a procedimientos destinados a transformar a un hombre en un dios. Las enfermedades de los reyes eran evidentemente tratadas por médicos que manejaban procedimientos específicos y probados.

La unión de las sustancias enteógenas con otros tratamientos que mencionamos, daban como resultado un individuo capaz de soportar esfuerzos prolongados, tomar decisiones rápidas y, muy probablemente, interpretar sueños y visiones surgidos en el curso de su experiencia.

Se dice que Moctezuma II presintió la llegada de Cortés, probablemente antes de que el conquistador desembarcara en las costas del Golfo de México. Quienes adhieren a los postulados de la parapsicología plantean la posibilidad de que la visión del emperador azteca haya sido, en realidad, el mencionado desembarco, percibido extrasensorialmente a 400 kilómetros de distancia entre la Gran Teochtitlan y el sitio del desembarco. Es posible que Moctezuma haya tenido estas percepciones mientras se hallaba bajo los efectos de alguna planta, y que tales videncias permitieron a los sacerdotes "conocer” la llegada del hombre blanco y la posible destrucción del imperio azteca.

Si fuese así, y las videncias concordaron con los hechos con tanta precisión, se justifica el entusiasmo de algunos investigadores en materia de herbolaria, quienes afirman que el manejo de estas plantas por parte de los sacerdotes aztecas había alcanzado niveles de pericia y sutileza que a nosotros nos resultan completamente desconocidos.            

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