|
Por Hector Tajonar México
La cultura nació en
el territorio de lo que hoy es México hace más de tres milenios.
Fue el amanecer luminosos de una civilización que surgió y se
desarrolló sola, aunque desde época temprana tuvo contacto con
América del Sur. Fue una cultura original, con un legado artístico,
enigmático y, en ocasiones, inescrutable. Esa gran civilización,
que conocemos como mesoamericana, encierra múltiples misterios
que no han terminado de resolverse.
A lo largo de 35 siglos,
desde el año 2000 a.C. hasta su ocaso en 1521 con la conquista
española, florecieron en Mesoamérica gran diversidad de culturas
conformadas por características comunes. Una sola civilización
con múltiples rostros.
El paisaje de Mesoamérica,
cuyo territorio comprende parte de lo que hoy es México y Centroamérica,
se cubrió de centenares de centros ceremoniales y ciudades, algunas
de ellas más grandes y pobladas que sus contemporáneas europeas.
Epicentros de religión y de poder, nudos del comercio y de vidas,
cuyo diseño urbano tomó en cuenta los puntos cardinales y las
trayectorias astrales.
Centros urbanos presididos
por pirámides, la forma emblemática de la arquitectura prehispánica,
armonizados por un manejo magistral del espacio exterior en el
que tenían lugar sus famosas ceremonias religiosas y políticas.
La diversidad cultural
se unificaba bajo las cuadrículas de la cosmovisión. Como todas
las civilizaciones antiguas, los mesoamericanos se enfrentaron
al desafío de las fuerzas naturales y muchos de sus elementos
se convirtieron en manifestaciones de los dioses. El sol, la luna,
la lluvia o el fuego convivían con los hombres y fueron representados
en diversidad de formas y estilos, unidos por una idea del mundo
que fue común a todos los pueblos mesoamericanos.
 |
Los antiguos mexicanos
tenían una concepción dualista del universo. Nacimiento-muerte,
día-noche, lluvia-sequía; ciclo perenne de creación-destrucción.
Los enigmas del cosmos se resolvían en un choque constante entre
fuerzas antagónicas que debían ser apaciguadas continuamente.
El deseo de que se tornaran más benévolas engendró una impenetrable
jungla de dioses y símbolos. Lo que hoy nombramos arte de Mesoamérica
no es sólo la múltiple huella de una expresión estética, sino
también el testimonio de una necesidad religiosa que, en ocasiones,
se combinaba con fines de dominación política.
A pesar de su variedad,
los rasgos de muchas de estas deidades muestran una asombrosa
continuidad, desde la aparición de su pensamiento mágico-religioso
hasta el colapso de su civilización. Huehuetéotl, dios del fuego,
también conocido como el dios viejo, aparece en Cuicuilco, en
el altiplano central, hacia el siglo III a.C.; es el mismo que
vemos en Teotihuacán, el que aparece en cerámica de la cultura
del Golfo y cuya imagen fue también reproducida por los aztecas,
esculpida en el siglo XV. La cronología de sus diversas representaciones
abarca 1.700 años. Lo mismo ocurre con Tláloc, dios de la lluvia,
que define sus caracteres distintivos en Teotihuacán, toma el
nombre de Chaac entre los mayas y se denomina Cocijo entre las
culturas zapoteca y mixteca de Oaxaca.
Observadores del movimiento
celeste, los antiguos mesoamericanos alcanzaron elevados conocimientos
astronómicos y matemáticos, que aplicaron con maestría en la elaboración
de calendarios de asombrosa exactitud, no igualada hasta la Edad
Media en Europa. Asimismo antes que cualquier otra civilización
en el mundo, los antiguos mayas descubrieron el cero.
La religión mesoamericana
fue agrícola. Descubrieron y domesticaron la planta del maíz,
que se volvió la base no sólo de su alimentación, como lo fueron
el arroz y el trigo en otras latitudes, sino también el fundamento
de su cultura. Del maíz emanaban las fuerzas de la naturaleza
transformadas en deidades, para que ellas hicieran posible la
continuidad de la planta sagrada y de la vida.
El juego ritual de
pelota es otra evidencia de la continuidad cultural de Mesoamérica.
Su afición o devoción se extendió a todos los confines de su geografía.
Hasta ahora se han descubierto más de 1.500 campos para ese deporte
sagrado, asociado con el sacrificio humano.
Así pues, en el mundo
prehispánico existió un desarrollo intelectual avanzado y complejo
que, paradójicamente, convivió con un relativo atraso tecnológico
debido al desconocimiento del uso práctico de la rueda y, hasta
muy tardíamente, del metal. Por carecer de animales de tiro, en
Mesoamérica no existió ni el arado ni el carro de guerra.
Para el conocimiento
de estas culturas, en muchos casos, sólo con el lenguaje de sus
obras artísticas. Aunque las fuentes originales escritas no son
escasas, su desciframiento es extremadamente complicado. Si bien
el arte revela con viva elocuencia lo más auténtico y profundo
del alma de los pueblos, las creaciones artísticas del México
antiguo están impregnadas de una compleja simbología que no ha
resultado fácil desentrañar. Sus pinturas y esculturas poseen,
además de una magnífica factura, una misteriosa fuerza expresiva;
pero..... ¿qué nos dicen?.
En su intento por
develar los secretos de estas obras completamente originales,
estudiosos de todo el mundo han intentado elaborar una estética
del arte mesoamericano partiendo del pensamiento mágico-religioso
de sus creadores. Algunas visiones europeas han intentado juzgar
el arte de cualquier región del mundo con base en los cánones
establecidos por la estética grecolatina. Ello resulta no sólo
injusto, sino limitante y simplificador. Salvador Toscano postuló
que lo terrible y lo sublime eran los conceptos definitorios
del arte mesoamericano, mientras que Paul Westheim encontró que
el dualismo es el principio esencial del mundo precolombino.
Las manifestaciones
más antiguas de la imaginación plástica en estas tierras surgieron
hace unos 10 mil años antes de Cristo. El hombre prehistórico
se impuso paulatinamente al mundo que lo rodeaba en la medida
en que se afirmó como ser racional y expandió las posibilidades
de su imaginación. Así plasmó, en el norte de México, su potencial
creativo en las pinturas rupestres, como las encontradas en Baja
California Sur, declaradas por la UNESCO patrimonio cultural de
la humanidad.
Cuatro mil años antes
de Cristo empezaron a surgir las primeras sociedades agrícolas
sedentarias que lograron domesticar varias plantas como el frijol,
la calabaza, el aguacate y el maíz. Hacia 2.500 a.C. aparecieron
dos fenómenos que marcan el inicio del llamado período preclásico
o formativo de la civilización mesoamericana: nuevas formas de
organización social y la alfarería. La cultura germinó sobre tres
pilares: sedentarismo, agricultura y alfarería.
La cerámica tuvo fines
meramente utilitarios para almacenar alimentos o beber agua. En
Tlatilco se produjeron las célebres estatuillas de barro conocidas
como mujeres bonitas, símbolo vivo de la fecundidad,
expresión de la sensualidad y erotismo del cuerpo femenino. Las
bicéfalas aluden al principio de dualidad. Poco a poco, los antiguos
mexicanos fueron enseñando a mentir al barro, como
decían los nahuas, hasta convertirlo en maravillas de gracia y
delicadeza. Durante el período preclásico hubo manifestaciones
culturales en varias regiones de Mesoamérica; en el altiplano
central, lo que hoy es la ciudad de México y sus alrededores,
en la costa del Golfo, en el área maya, en Oaxaca y en el occidente.
Entre todas ellas destaca una misteriosa cultura, conocida con
el nombre de olmeca, que se erigió como una de las culturas fundacionales
de Mesoamérica.
La cultura olmeca
floreció junto a ríos y pantanos, en un terreno de exuberante
vegetación, en parte de los territorios de los actuales estados
de Tabasco y Veracruz. Sus principales asentamientos se ubicaron
en La Venta, San Lorenzo y Tres Zapotes. Persisten infinidad de
enigmas alrededor de los olmecas. No sabemos siquiera cómo se
llamaban a sí mismos, ni que lengua hablaban. Los conocemos como
olmecas, habitantes de la región del hule, porque
así los nombraron los mexicas más de mil años después. Resulta
realmente asombroso que en el origen mismo de la civilización
mesoamericana esta cultura primigenia haya creado obras de espléndida
factura y complejidad simbólica sólo igualada, cientos de años
más tarde, por los mayas y los aztecas. Por ello, los olmecas
constituyen una de las culturas más enigmáticas de la humanidad.
Su inconfundible y magistral estilo artístico marcó de manera
indeleble el espacio y el tiempo del México antiguo.
Las cabezas monumentales
olmecas han asombrado al mundo de la arqueología y el arte desde
1862, en que fue descubierta la primera de ellas en el poblado
de Hueyapan, Veracruz, hoy conocida como el monumento A de Tres
Zapotes. Las facciones del personaje representado hicieron pensar
a su descubridor, José Melgar, que provenía de Etiopía; especulación
sin fundamento, ya que los primeros inmigrantes africanos no llegaron
a América hasta el siglo XVI, cuando fueron traídos en calidad
de esclavos por los colonizadores españoles. Hasta ahora se han
descubierto diecisiete inmensos monolitos de expresión sabia que
guardan celosamente su misterio. Fueron esculpidos en piedras
volcánicas que pesan entre seis y 50 toneladas y tuvieron que
ser transportados entre 60 y 100 kilómetros hasta el lugar en
que fueron colocados, lo que implicó una organización sociopolítica avanzada, así como una sorprendente
destreza tecnológica.
Las
cabezas de San Lorenzo constituyen el grupo de mayor perfección
artística debido a la calidad de su factura y la profundidad de
su expresión. La cabeza 1 de San Lorenzo, conocida como El
Rey, es la cabeza más grande y su mirada apacible, perdida
en el tiempo, y la suavidad de sus facciones, le confieren un
carácter de tranquilidad. La muy deteriorada cabeza 2 presenta
evidencia de destrucción intencional y hay otra, con forma semitriangular
con el vértice trunco hacia abajo, lo que la hace ver pequeña.
Sin embargo, representa a un joven que expresa una cierta candidez.
Tal
vez la más armónica de todas las cabezas monumentales olmecas
sea la cabeza 4 de San Lorenzo. Formalmente perfecta, es una obra
maestra que expresa los más altos valores de la espiritualidad
humana, aunados a una serena sensualidad. Su verticalidad, sus
vigorosas facciones, la inteligencia de su mirada y su actitud
de profunda concentración dotan a esta escultura de una impresionante
energía y fuerza expresiva. Tiene un tocado que se distingue por
llevar dos garras de ave de presa a los lados. Su entrecejo fruncido,
su estrabismo y la calidad del modelado de sus facciones le confieren
un carácter de poderío y firmeza. Es un vivo retrato de la sabiduría.
La
cabeza 6 de San Lorenzo, ligeramente asimétrica, tiene una expresión
de dureza, mientras que la 8 de San Lorenzo destaca por la pureza
y el rigor de su composición simétrica. La precisión del diseño,
su impecable factura y la expresión de honda reflexión, serenidad
y señorío del personaje dan testimonio de la insondable sapiencia
de sus creadores.
Las
cuatro cabezas provenientes de La Venta, en Tabasco, quizá no
tienen la calidad de factura de las de San Lorenzo, pero no por
ello dejan de ser impresionantes y grandiosas. La 1 es la mejor
conservada y la de mayor calidad escultórica de esta zona. Es
una figura asimétrica; su rostro adusto está imbuido de severidad.
Proyecta la personalidad de un hombre iluminado. De armónica proporción
y estructura lograda, la cabeza 2 de La Venta esboza una sonrisa,
lo que le imprime jovialidad. La cabeza 4 fue esculpida en un
tipo de basalto distinto al de las otras cabezas de La Venta,
por lo cual muestra una erosión a manera de desprendimiento de
láminas de piedra.
Las
cabezas de Tres Zapotes son las menos conocidas y las de menor
calidad artística. La cabeza 1, conocida como el monumento A de
Tres Zapotes, es célebre por haber sido la primera en ser descubierta.
Su factura es defectuosa y es la más pequeña de todas. La cabeza
2, conocida como monumento Q de tres Zapotes, revela una personalidad
recia y firme. En 1970 fue encontrada la cabeza conocida como
de la Cobata que, a diferencia de las demás, representa a un individuo
muerto.
 |
Se
ha dicho que estas obras son retratos en piedra de guerreros,
gobernantes o jugadores de pelota. En efecto, lo más probable
es que se trate de personajes de alta jerarquía dentro de la sociedad
olmeca, tal vez chamanes-sacerdotes y gobernantes que combinaban
sus funciones mágico-religiosas con el ejercicio del poder político.
Para Beatriz de la Fuente, las cabezas colosales no son
exclusivamente retratos de personajes..... son, además, expresiones
simbólicas de ideas y creencias profundamente arraigadas en la
cultura que las creó..... son retratos de individuos a la vez
que símbolos culturales.
Creaciones
únicas e inconfundibles en la historia del arte universal, las
cabezas monumentales olmecas son la expresión de un pueblo que
quiso exaltar la dignidad del hombre. Hombres congelados en piedra,
símbolos culturales hundidos en el silencio de la naturaleza,
cuyos secretos viajan en la noche de los tiempos.
El
jaguar ocupa un lugar preponderante dentro de la iconografía olmeca.
Así lo han señalado la mayoría de los especialistas. Otros han
exaltado la importancia de la serpiente y algunos más han descubierto
lo que llaman el dragón olmeca, combinación de serpiente
con algunos rasgos felinos. El debate se asemeja a un juego de
adivinanzas permeado por el rigor científico. A pesar de su importancia
como animal sagrado, las representaciones realistas de jaguar
son escasas en el arte olmeca. Hay obras que parecen la representación
plástica de un rito chamánico y otras donde la figura del jaguar
se funde con el clásico personaje sobrenatural olmeca que aparece
en muchas otras esculturas. El personaje parece realizar un viaje
mágico recostado sobre el lomo del jaguar, sujetándole la cola
para imbuirse de sus poderes sobrenaturales. Desde los remotos
tiempos de los olmecas hasta los mexicas hay una línea de continuidad
del jaguar como animal sagrado.
Los
olmecas tampoco esculpieron muchas imágenes realistas de serpientes.
En el monumento 19 de La Venta una serpiente de cascabel envuelve
a un personaje, un relieve en el que están representados los elementos
esenciales de la serpiente emplumada, uno de los símbolos centrales
de la religión mesoamericana. Este maravilloso ejemplo de continuidad
del simbolismo mágico-religioso en el México antiguo, se confirma
en las múltiples representaciones de serpientes emplumadas a lo
largo de la historia y de la geografía de Mesoamérica.
El
destacado artista mexicano Miguel Cavarrubias realizó un minucioso
estudio del estilo olmeca para mostrar la continuidad
de sus elementos iconográficos y su influencia en las culturas
de Oaxaca, los mayas y los mexicas. El resultado hace evidente
el influjo de la simbología y de la estética de la cultura fundacional
olmeca sobre sus continuadores. Además del jaguar y la serpiente
se ha identificado a un animal mitológico llamado dragón
olmeca, constituido por elementos de caimán, águila, jaguar,
serpiente y algunos rasgos humanos. Este ser mitológico, representado
en las hachas votivas, está vinculado con la fertilidad de la
tierra, el maíz, las nubes y la lluvia, el agua, el fuego, así
como con el poder de los gobernantes.
El
arte y la simbología olmeca se caracterizan por su capacidad de
sintetizar y estilizar elementos de diversos animales, combinándolos
mediante una asombrosa imaginación plástica, que alterna el realismo
con la abstracción. La prodigiosa imaginación de los olmecas creó
otras misteriosas esculturas monumentales en monolitos con forma
de prisma rectangular que han sido llamados por los arqueólogos
altares, y más recientemente tronos. El
trono designado con el número 4 de La Venta representa a un hombre
de tamaño natural, sentado en el suelo con las piernas cruzadas,
que surge de un nicho. Con la mano izquierda se toma un tobillo
y con la derecha sujeta una cuerda, asociada con las relaciones
dinásticas, la cual es recibida por un personaje esculpido en
alto relieve. Sus facciones no coinciden con la fisonomía olmeca,
sino con la maya. Arriba del personaje central hay una especie
de cornisa con un relieve de un animal mitológico, que la mayoría
de los especialistas ha identificado como un jaguar. El poeta
Rubén Bonifaz Nuño mira en ese relieve dos serpientes vistas de
perfil cuyas fauces se unen. En otras obras esculpidas 2000 años
después por los mexicas, aparecen con mayor realismo dos cabezas
de serpientes: las vemos en la Coatlicue, en el Tláloc de la colección
Uhde y también en la Piedra del Sol.
En
el altar 5 de La Venta otro chamán lleva a un personaje del tamaño
de un niño pequeño en sus brazos, en actitud de ofrendarlo. En
los lados del monolito hay unos personajes adultos con infantes
en brazos, parecidos a las esculturas de cerámica conocidas como
baby face o cara de niño. El personaje que surge del nicho de
este trono tiene características similares a la de la escultura
de serpentina verde conocida como el Señor de las Limas, una de
las obras más conmovedoras de la cultura olmeca por la calidad
de su tallado, la complejidad de su simbología y su exquisito
refinamiento. El rostro del infante mitológico es semejante al
de algunas hachas votivas. El sacerdote-gobernante expresa una
notable actitud de éxtasis.
Ante
la maravilla del universo olmeca, nuestra admiración se desdobla
en preguntas: ¿representan estas criaturas a niños enmascarados
a punto de ser ofrecidos en sacrificio?, ¿se trata de un simple
objeto ritual, o es acaso el símbolo del supremo poder sobrenatural?.
Tal vez nunca lo sabremos.
Los
escultores olmecas también dominaron la cerámica. Estas figuras
con caracteres infantiles, conocidas como baby face o cara de
niño, son una muestra más de su talento artístico. Además de la
gracia propia de los niños, estas obras tienen dignidad, señorío
y, como todo el arte olmeca, grandeza.
En
La Venta se encontró una ofrenda conformada por quince figuras
humanas de jade y hachas de granito, que pudo representar una
reunión de poderosos, o algún rito iniciático. El jade y la jadeíta
fueron piedras especialmente apreciadas a lo largo y ancho de
Mesoamérica. Desde la época de los olmecas se le atribuyeron poderes
sobrenaturales, por ello abundan las esculturas talladas en ese
material.
En
1982 tuvo lugar un extraordinario hallazgo arqueológico en el
cerro Manatí, uno de los espacios sagrados olmecas que se levanta
entre lagunas y pantanos sobre la cuenca del río Coatzacoalcos,
al sur de Veracruz. Ahí fueron encontrados unos maravillosos bustos
humanos esculpidos en madera, realizados hace más de 3 mil años,
que milagrosamente se han conservado a pesar de la elevada humedad
de la zona. Los ojos rasgados de estas enigmáticas figuras les
dan una apariencia señaladamente oriental.
Las
estrellas talladas en relieve fueron también invenciones originales
olmecas. La estela 1 de La Venta muestra una de las pocas representaciones
femeninas en el arte olmeca. En la estela 2 está esculpido un
soberano con un bastón de mando y un complicado tocado, y en la
estela 3 se plasma una ceremonia ritual en la que aparecen dos
personajes frente a frente, ricamente ataviados y con tocados
de compleja simbología.
El
relieve identificado como monumento 13 de La Venta muestra también
a un personaje barbado caminando con un portaestandarte, por lo
cual se le ha llamado El viajero o El embajador. Al frente del
dignatario están labrados tres jeroglíficos que datan de entre
los años 500 a 600 a.C. Son quizá los más antiguos de Mesoamérica
y hasta la fecha no se han podido descifrar. El relieve conocido
como monumento 63 representa un personaje barbado que sujeta
un enorme estandarte. En la parte superior hay un elemento poco
común en la iconografía olmeca: la representación estilizada de
un animal acuático.
El
hombre como soberano-chamán-sacerdote, fue el tema central del
arte olmeca. Además del luchador y de las cabezas colosales, existen
magníficos ejemplos de esculturas antropomorfas, mezcladas con
elementos de animales sagrados. Los artífices de la estética olmeca
supieron combinar el rigor de la geometría con el manejo de lo
cóncavo y lo convexo. Respetaron la armonía de las proporciones
y confirieron una admirable fuerza expresiva a cada una de sus
esculturas. La pieza conocida, no sin razón, como El Príncipe,
resume todas estas virtudes.
Las
espléndidas esculturas de gemelos constituyen un hallazgo arqueológico
reciente en el rancho El Azuzul, en Veracruz. La postura felina
es común en este tipo de esculturas antropomorfas; sus tocados,
en cambio, son excepcionales.
Espejo
fiel de la personalidad de sus creadores, las esculturas olmecas
proyectan armonía con la naturaleza, contemplación y fortaleza
de espíritu. A lo largo de la historia del arte universal el rostro
humano ha sido un tema recurrente. Las máscaras olmecas esculpidas
en jade de diversos colores, y en otras piedras semipreciosas,
ocupan un lugar especial dentro de esta tradición. Es notable
el dominio de los materiales sin haber contado con herramientas
de metal. La precisión de las facciones, lograda mediante la sutil
modulación de curvas y planos, dotan de nobleza a estas miradas
inmóviles. La creatividad olmeca en otras latitudes se manifiesta
asimismo en obras de gran movimiento, que representan acróbatas.
Durante
el período preclásico, la cosmovisión y el estilo olmeca se extendieron
en un vasto territorio que abarca desde el río Pánuco, en el norte
de Veracruz, hasta Costa Rica. Sus huellas son visibles en la
zona maya, el altiplano central de México, así como en Morelos,
Guerrero y Oaxaca. En Chalcatzingo, Morelos, fue descubierto un
relieve que data del año 1000 a.C. conocido como El Rey. Algunos
estudiosos lo han identificado como antecedente de Tláloc.
El
estilo olmeca se hizo presente en los relieves de Chacatzingo,
con sus dragones: en Teopantecuanitlán, Guerrero, a través de
pinturas rupestres. Otro de los sitios en los que se hace patente
la presencia del estilo olmeca es Izapa, antecedente inmediato
de la cultura maya, que floreció entre los siglos I y II a.C.
en la costa de Chiapas. Ahí se desarrolló un estilo en el que
sobresalen las estelas, a veces asociadas a altares zoomorfos,
a fuerzas relacionadas con el agua o que relatan algún rito de
decapitación. Fue encontrado junto a la estela 1 de Izapa, en
la que están plasmadas las fuerzas relacionadas con el agua.
El
ocaso de los olmecas fue un proceso largo que ocurrió entre los
años 300 a.C. 200 de nuestra era. Su legado artístico y cultural
dejó una huella imborrable en todos los pueblos mesoamericanos.
Esta civilización primigenia creó uno de los pilares de la unidad
cultural del México antiguo. Sus obras nos conmueven por su especial
belleza y admirable rigor conceptual; son muestra de la grandeza
y refinamiento de una de las culturas fundadoras de Mesoamérica.
Acaso los misterios de este arte único y los enigmas de su inconfundible
estilo quedarán para siempre sepultados en la selva de los tiempos.
BIBLIOGRAFIA:
El Alma de México Edición y Producción: DGE Ediciones
Ciudad
de México -
Untitled Document
|