|
De las
muchas y notables culturas que aparecieron en la antigua América
del Norte, los esquimales de la costa septentrional de Alaska,
es quizá, la más notable, considerando las condiciones en que
se desarrolló. La reconstrucción de la vida de los esquimales
de Alaska hace 4.000 años es conjetural; pero, aparentemente,
muchas características de su modo de vivir perduraron con pequeñas
modificaciones durante varios miles de años casi hasta la actualidad.
Cuando se combinan estos paralelos con las pruebas geológicas,
es posible reconstruir gran parte de su antigua vida en el Extremo
Norte, e incluso especular con cierta seguridad sobre intangibles
tales como las creencias espirituales de los esquimales ancestrales.
La desolada tierra
que ocuparon estos hombres –y aún ocupan sus descendientes- era
la costa del Artico y la tundra contigua, enorme extensión que
iba al este desde las islas Aleutianas de la Alaska sudoccidental
hasta Groenlandia. En conjunto, constituía uno de los ambientes
menos prometedores y más rigurosos que haya habitado el hombre.
Para los esquimales, sobrevivir en ese medio exigía ingenio e
inventiva en grado extraordinario.
Incluso durante el
verano, cuando el sol brillaba las 24 horas del día, era una región
inhóspita. La temperatura del verano era, por término medio, de
10 grados, suficientes para permitir que se deshelara el mantillo,
el cual, generalmente, se convertía en pantanos infestados de
mosquitos. En algunos lugares, notablemente en el nordeste del
Canadá y en Groenlandia, apenas había mantillo, ya que la tierra
había sido desgastada hasta el lecho de roca por los glaciares.
Por la brevedad de la temporada de crecimiento, las bajas temperaturas
del verano y el viento intenso, las plantas eran variedades pequeñas
y resistentes: sauces enanos, líquenes, musgos, juncias y hierbas
de poca altura. Más la limitada vegetación servía para dar sostén
a grandes manadas de caribús y bueyes almizcleros, y a millones
de pequeños animales, como el ratón campestre y el lemming, que
a su vez servían de alimento a zorras, lobos y comadrejas. Los
pequeños lagos e incontables lagunas y charcas estaban llenos
de peces y atraían a hordas de aves acuáticas.
 |
Si el verano era penoso,
pero abundante, el invierno resultaba casi intolerable. En la
interminable oscuridad de mediados del invierno, la temperatura,
por término medio, era inferior a cero, y a veces bajaba a –45
grados. Las tormentas alternaban con períodos de calma en que
el poco calor que quedaba en la tierra se irradiaba al oscuro
cielo. Las aves y la mayoría de las manadas se iban al sur, e
hibernaban muchos de los animales que se quedaban.
¿Quiénes eran los
hombres que señorearon en esa tierra? Las pruebas arqueológicas
de algunos yacimientos costeros de la Alaska occidental indican
que vivieron allí seres humanos hace 5.000 ó 6.000 años. Y algunos
antepasados de los indígenas deben de haberse quedado allí un
tiempo variable antes de marchar hacia el sur, aunque en Alaska
se han hallado muy pocas de sus reliquias. No está claro lo que
sucedió a esos primeros habitantes. Lo que está claro es que quienes
hicieron un hogar permanente del frío norte son inmigrantes relativamente
recientes en el Nuevo Mundo. Al parecer, los esquimales –y sus
parientes, los aleutas- llegaron de Siberia a la costa e islas
del oeste de Alaska antes del año 2.000 a. de C. Para entonces
hacía mucho que se había sumergido el puente terrestre del mar
de Bering, de modo que han de haber cruzado en botes o caminando
sobre el hielo flotante que en ocasiones obstruye el estrecho
de Bering, de 90 kilómetros de anchura, al grado, de que forma
un puente azaroso entre Asia y América.
Diversos indicios
confirman que los esquimales llegaron a América recientemente.
Por una parte, sus artefactos más antiguos no tienen una edad
mayor de 4.000 años. Además, los esquimales se parecen a los pueblos
del Asia nordoriental mucho más que a otros aborígenes americanos.
Su piel es relativamente clara; su perfil, casi invariablemente
chato, de narices cortas y anchas; y sus ojos se angostan con
los carnosos párpados y el pliegue mongoloide de los pueblos asiáticos
orientales. Las diversas lenguas esquimales y aleutianas tienen
semejanzas entre sí y con el chukchi, el kamchadal y otras lenguas
habladas en el lado asiático del mar de Bering. No se encuentra
en ellas ningún parecido con las lenguas indias americanas.
El estilo de vida
que se inició entre los primeros esquimales y acabó extendiéndose
desde Alaska hasta Groenlandia estuvo determinado en todas partes
por el ambiente. Llevaban varias capas de ropa de piel y cuero
porque, de no haberlo hecho, se habrían congelado. El clima los
obligaba a vivir, al menos durante el largo invierno, en viviendas
aisladas: en casas semisubterráneas o, en el Ártico central, en
iglúes hechos con bloques de hielo. Y aunque todo el año cazaban
algunos animales terrestres, vivían principalmente del mar, cazando
focas, ballenas y otros mamíferos marinos.
En el curso de los
siglos, esta pauta fundamental de supervivencia se refinó con
extraordinario ingenio tecnológico, pero la explicación de cómo
se convirtió en una cultura típicamente esquimal deberá esperar
a que la arqueología ártica haga nuevos descubrimientos. Empero,
una cosa parece bastante evidente: los esquimales han de haber
traído a América los inventos fundamentales que les permitieron
explotar los mares del norte. La principal de estas importaciones
fue el bote de piel.
La persecución regular
de las ballenas es el sello característico de los primeros esquimales,
los llamados cazadores de ballenas, cuyas reliquias se han descubierto
en Cape Krusenstern, en el noroeste de Alaska. Estos hallazgos
se remontan más o menos al año 2000 a. de C. Los cazadores de
ballenas tenían grandes hojas de sílex que, según parece, constituían
puntas de arpones, y aunque no han aparecido fragmentos de botes,
los yacimientos han dado abundantes depósitos de barbas de ballena,
testimonio de su destreza como cazadores de alta mar.
 |
A la necesidad básica
de botes apropiados para la navegación marítima, los antiguos
esquimales agregaron con el tiempo una asombrosa diversidad de
utensilios y artefactos especiales para casi todas las exigencias
de su existencia polar. Sus arpones, por ejemplo, se componían
a menudo de media docena de partes. Un tipo muy usado tenía una
cabeza separable de marfil de morsa con una punta de sílex o pizarra
pulida, en la que se perforaba un agujero para atar el sedal.
El ingenio esquimal
produjo también una de las viviendas más extrañas que haya ideado
el hombre: una casa que, si bien construida enteramente con nieve
y hielo, mantenía las habitaciones por encima del punto de congelación
aunque la temperatura exterior descendiera a –30 grados. Es imposible
determinar el origen del iglú –cuando se derretía, claro está,
no dejaba señal de que hubiera existido, pero en tiempos prehistóricos
probablemente casi no difería de los que todavía hacen los esquimales
en el Artico central. Allí, un hombre y su mujer pueden construir
un iglú para toda una familia, de tres a cinco metros de diámetro,
más o menos en una hora.
Para construir un
iglú, el marido traza primero un círculo en la nieve para esbozar
su estructura; luego, con un hueso parecido a una espátula o con
un cuchillo de asta, corta la nieve dentro del círculo para hacer
bloques rectangulares de unos 15 centímetros de grosor. De pie
dentro del círculo, acomoda los bloques en una espiral ascendente
que poco a poco se cierra para formar una bóveda, el único tipo
de bóveda, según han indicado los arquitectos, que puede construirse
sin andamios, inconcebibles en el Artico septentrional, donde
no hay árboles. Con objeto de que en la entrada no haya corrientes
de aire, construye un túnel como el que se usa en una casa semisubterránea,
pero hecho en bloques de nieve. Mientras tanto, su mujer, que
trabaja fuera del iglú, arroja paletadas de un enlucido de nieve
sobre las paredes a fin de llenar las grietas o los orificios.
Terminada la estructura,
construye una plataforma de dormir y una “mesa de cocina”, también
con nieve. Para dar iluminación, pone una ventana de hielo transparente
en la pared, cerca de la entrada, y afuera de la ventana, un gran
bloque de nieve que refleja la luz al interior. Se obtiene la
calefacción con una lámpara de grasa de ballena, la cual transforma
la parte interior del techo en una superficie lisa de hielo que
nunca gotea, pues el aguanieve resbala hacia el piso, donde se
congela.
Los arpones y los
iglúes no son más que dos ejemplos del equipo especializado de
los esquimales. Las excavaciones hechas en un solo yacimiento
del norte de Alaska, cerca de Point Barrow, que data más o menos
del año 500 y sólo contiene los restos de una media docena de
casa subterráneas, han descubierto un número pasmoso de utensilios.
No es de extrañar
que quien excavó el yacimiento de Point Barrow, el desaparecido
james A. Ford del Museo Norteamericano de historia Natural, describa
a los esquimales ancestrales diciendo que estaban “cargados de
artefactos”. Tanto ellos como sus primos aleutas tenían disposición
para los inventos y las innovaciones; si no hubiesen sentido la
propensión a buscar nuevos modos de habérselas con los rigores
del Artico, es muy probable que no habrían podido establecerse
en él. Parecen haber estado dispuestos a ensayar una vez casi
todas las cosas para ver si daban resultado. En el caso de los
aleutas, esta peculiaridad pragmática se había extendido en tiempos
históricos más allá de la inventiva mecánica para producir algunos
pasmosos paralelos del moderno método científico. En el siglo
XIX, los aleutas hacían autopsias para determinar la causa de
la muerte y disecaban nutrias marinas para estudiar anatomía comparada,
pues creían que este animal tenía la estructura más parecida a
la del hombre (lo cual es cierto, entre los animales que conocían).
Además, si se discutía sobre la educación de los pequeños, podían
educar dos niños con métodos diferentes a fin de ver cual resultaba
mejor.
La afición de esquimales
y aleutas a las innovaciones ayuda a explicar la dificultad que
entraña el estudio de su desarrollo.
BIBLIOGRAFIA: “Orígenes
del Hombre” – Los primeros americanos – Time Life
Untitled Document
|